ESTRÉS

26 de septiembre, 2019

En 1936 el fisiólogo y médico austrohúngaro Hans Selye publica un artículo en el British Journal Medicine donde se nombra por primera vez el estrés y lo define como una reacción inespecífica del organismo ante un estímulo molesto y el esfuerzo que genera superarlo o adaptarse a él.

En este artículo explica que la mayoría de los seres humano reaccionamos al estrés de una forma muy similar. Primero recibimos una alerta, nos preparamos para hacer frente a esa situación y si no lo conseguimos el cuerpo sufre un agotamiento que puede producir daños graves en nuestro organismo:

El estrés crónico favorece la oxidación celular, contribuye a elevar los niveles de presión arterial y puede dar lugar a situaciones de ansiedad y depresión. Entre los estragos sobre la salud derivados del estrés, destaca el potencial que tiene para dañar la respuesta inmune, tal y como recoge un metaanálisis de 2006 basado en 300 estudios científicos previos. Estos estudios avalan el uso de adaptógenos para contrarrestar los efectos bioquímos y emocionales asociados al estrés.

El estrés es un disparador común del dolor de cabeza y las migrañas. Muestra de ello son los resultados de un estudio realizado en 1997 en el que se evidenció esta relación en el 50-70 % de los participantes.

Hipócrates dijo una vez que “todas las enfermedades comienzan en el intestino” y el estrés junto con un intestino dañado puede producir múltiples enfermedades inflamatorias, como Crohn o colitis ulcerosa, pero también artritis reumatoide, osteoartritis, problemas renales o fibromialgia.

También podría estar relacionado con el hipertiroidismo ya que, en situaciones de estrés, segregamos sustancias glucocorticoides que podrían favorecer desequilibrios en la respuesta inmunitaria y aumentar los niveles de interleucinas (factor común de las enfermedades autoinmunes). Hay que aclarar que el estrés solo alterará nuestra glándula tiroides en caso de que este sea crónico, es decir, cuando pasamos por esas épocas donde a lo largo de 3 meses o un año arrastramos un mismo estado de nerviosismo, de inquietud, de angustia vital y psicológica.

ansiedad

El estrés aumenta el riesgo a tener la presión arterial alta, un factor común en las enfermedades cardiovasculares. Si bien no es la causa directa de la hipertensión, su presencia sí aumenta el nivel de catecolamina, cortisol, vasopresina, endorfina y aldosterona; hormonas relacionadas con el aumento de la presión arterial. Los resultados del estudio Interheart demostraron que aquellos individuos que informaron de «estrés permanente» tenían más probabilidades de sufrir un ataque cardíaco.

Es importante abordar el estrés en sus dos primeras fases, antes de llegar al agotamiento. Para ello disponemos de adaptógenos, y de sustancias procedentes de la micoterapia, que actualmente están dando unos resultados altamente satisfactorios en todo lo relacionado con el estrés y sus posibles complicaciones en el cuerpo humano.

Los triterpenos de Ganoderma lucidum tienen un efecto calmante sobre el sistema nervioso.
Las hericenonas de la Melena de león son capaces de promover la formación de neuronas (neurogénesis) y este proceso está directamente relacionado con efectos antidepresivos y ansiolíticos.
El hongo Cordyceps ayuda a normalizar los efectos fisiológicos del estrés en la tiroides y otras glándulas endocrinas.
En el Reishi y el Cordyceps se han identificado polisacáridos, con demostrado efecto hipolipidémico, hipotensivo y antitrombótico, y otras sustancias cardiotónicas.

Pero como advertimos siempre, no todos los suplementos que hay en el mercado tienen los mismos componentes. En Capella solo trabajamos con laboratorios que utilizan materias primas de alta calidad y poseen un aval científico al más alto nivel.

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